Jan 292013
 

Después del fantástico y tranquilo paréntesis de los monos de nieve volvimos a Tokyo con muchas ganas de ver más cosas y repasar algunas que nos habían encantado. Es una ciudad de lo más entretenida. Sólo paseando por alguno de los barrios más conocidos y curioseando en las tiendas pasas un rato de lo más divertido.

Cuando llegamos a Tokyo era la hora de comer. Al lado de la estación central está la que llaman “calle del ramen”, en el que hay muchos restaurantes pequeños que sirven ramen, unos fideos con carne o verduras. Es una comida muy típica de diario de los tokyotas. Dejamos el equipaje que llevábamos en la consigna de la estación y nos fuimos a buscar un sitio para probar el ramen. Tardamos un poco en encontrar la calle. Había muchos sitios, algunos con sólo barra, llenos a reventar y alguno con cola en la puerta. Vimos uno con buena pinta en el que había mesas y sólo había unas pocas personas esperando a la cola, y allí nos pusimos. Tardaron poquísimo en darnos una mesa en el minúsculo piso de arriba. Éramos los únicos no japoneses y la mayor parte de la gente estaba comiendo sola (todos excepto un grupo de tres jóvenes). Les ponen en la misma mesa de 4 y se sientan en diagonal. La carta sólo en japonés pero con fotos bastante buenas. Pedimos unos boles de ramen, gyozas (que son dumplings japoneses) y un bol con arroz, un huevo poché, carne y algas. Estaba todo buenísimo. El ramen venía con carne de cerdo y estaba todo sabrosísimo. Y luego al pagar, ¡los cinco por 25 euros! Una ganga. Y es que en Tokyo se puede comer muy bueno y muy barato (no cenar).

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Un detalle curioso. En el restaurante no dejan hablar por teléfono. Será para no molestar al resto de comensales. Pero me llamó la atención que a un señor mayor que estaba solo le llamaron y se puso a hablar, pero muy bajito, no se le oía, se nos oía mucho más a nosotros cinco y al grupo de tres japoneses, pero enseguida la señora que atendía le llamó la atención y colgó.

De la estación de Tokyo nos fuimos paseando hasta los jardines imperiales. Cuando en el anterior post sobre Tokyo ponía que no hay zonas verdes, en realidad hay una excepción, que son los jardines que rodean el Palacio Imperial, que está en el centro de Tokyo. Hay una parte que es pública pero justo este día que fuimos estaba cerrado.

Decidimos sobre la marcha ir a Akihabara. Es el primer barrio de la electrónica de Tokyo, que se estableció antes que Shinjuku. De nuevo neón y mucho colorido. Y muchísima gente de un lado para otro. En realidad, más que electrónica es electricidad, porque hay calles enteras con tiendas en las que hay todo tipo de cables, enchufes, semiconductores, circuitos integrados… Está lleno de frikis revolviendo para encontrar el condensador o la resistencia que buscan. Pero el rollo friki del barrio no acaba ahí, porque también es el barrio de una pasión mucho más reciente, el manga y el anime. Hay edificios enteros de comics y DVDs de películas de estos dibujos animados japoneses para adultos. El ambiente es de lo más variopinto. Entramos en alguno de estas tiendas pero no duras más de 3 minutos porque es todo ininteligible y te sientes realmente como un pulpo en un garaje.

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En Akihabara también entramos un edificio de videojuegos de Sega. Era el mismo estilo que el que habíamos visto en Shibuya pero más grande, más de todo. Carmen probó con los coches y José y Yago con las metralletas. En tema videojuego da para mucho, es todo un culto aquí en Japón. Al lado de algunas máquinas que veías un poco ajadas había una placa en la que decía el nombre y el año, y daba unas explicaciones (no sé exactamente de qué porque todo en japonés).

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Hablando de frikis, vimos a un tipo que se grababa con la cámara de video mientras jugaba (fijaos abajo a la derecha en la foto). Me imagino que luego se lo enseñará a sus amigos para demostrar.

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Y nos encontramos a un viejo amigo, ¡Mazinger Z!

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En Akihabara también hay un café/tienda del grupo de música de jovencitas del que os hablé en mi anterior post sobre Tokyo. Dentro, más frikis.

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El día no nos dio para más. Volvimos a la estación, cogimos el equipaje y nos fuimos al hotel. No queríamos movernos mucho y buscamos un sitio para cenar. El de las almejas a la plancha estaba completo. Había un letrero de un italiano en un segundo piso y allí nos fuimos. El italiano resultó ser japonés, pero sabía decir “buon giorno”, “fromaggio”, “prosciutto” y en ese plan. La carta, sólo en japonés, sin fotos. La chica que tenía atendiendo, dos palabras de inglés. Nos llegó para pedir “pizza margherita” y yo pedí lo que me dijo que era carne de vacuno japonés y que resultaron ser unas carrilleras deliciosas con una salsa de vino tinto y soja y unas verduras al vapor.

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Al día siguiente era sábado y queríamos volver a Shibuya, para ver el barrio con más ambiente que el primer día que habíamos ido. Por la mañana dormimos bien, los niños estudiaron un poco y salimos cerca ya de mediodía. Llegamos y efectivamente el barrio estaba en plena ebullición. El famoso cruce es realmente como un hormiguero de gente.

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En la estación de Shibuya hay un sitio de sushi muy famoso. Fuimos pero la cola era kilométrica, con lo cual pedimos para llevar y nos dieron una bolsita con unas cajitas de sushi con una pinta estupenda. El caso es que aquí no ves a nadie comiendo en la calle. De hecho, el centro comercial donde compramos el sushi estaba lleno de letreros para dejarte claro que allí no se come en público. Decidimos irnos con nuestra bolsita a dar una vuelta por el barrio y ya pensaríamos donde la abríamos. Estaba animadísimo.

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De Shibuya nos fuimos a Harajuku, donde ya habíamos estado. Aparte de la calle Takeshita Dori, allí también está la entrada a un parque con uno de los templos más conocidos de Tokyo, llamado Meiji, donde habíamos quedado más tarde con unos amigos. El hambre apretaba y allí en la entrada del parque abrimos nuestra bolsita y nos comimos el sushi. Estaba delicioso, uno de los mejores que tomamos en Japón. La verdad es que nadie nos miró demasiado raro.

sushiDespués nos paseamos de nuevo por Takeshita Dori, en sábado mucho más animado. Una excepción sobre lo de comer en la calle son las crepes. En Takeshita hay varios sitios que te dan crepes rellenas de todo tipo de cosas y te las vas comiendo por la calle. Los niños compraron una cada uno y la verdad es que son enormes y bastante difíciles de comer. De nuevo las colas en los sitios, el más popular con cartel explicativo de cómo organizar la cola.

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De camino a la calle Omotesando nos llamó la atención una cola de gente delante de la tienda de los chocolates belgas Godiva. Era una cosa muy rara. Había uno con un micrófono al lado de un maniquí. La gente hacía cola para darle un abrazo al maniquí. Luego les daban como un número y entraban en la tienda. No sé muy bien de qué iba el tema pero a mi me da la impresión de que las colas son como un imán para los japoneses. Deben pensar: si hay una cola, es que debe haber algo bueno. Si haces cualquier chorrada simpática que te genere una cola delante de la tienda, ésta se mantiene durante el resto del día.

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Esta vez sí nos recorrimos la calle Omotesando y estaba de lo más animado, con gente de lo más variopinta. Está lleno de tiendas de lujo enormes, algunas diseñadas por arquitectos famosos.

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De pronto nos sorprendió una manifestación. Parecía de broma, al frente un tipo con bata blanca y orejas de conejo al lado de uno de aspecto punk con micrófono en mano gritando consignas, que repetían entre 50 y 100 personas con edades, aspecto y condición de lo más variado, todo perfectamente ordenado por una decena de policías que iban abriéndoles el paso y asegurándose de que sólo ocupaban uno de los carriles de la calle. Las únicas pancartas en inglés que vimos ponían “la guerra se ha acabado” y en pequeño “si tú quieres; amor y paz de John & Yoko”. No supimos muy bien cual era la reivindicación pero el tema era pacifista.

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De Omotesando nos fuimos al templo Meiji, donde habíamos quedado con Christophe y Anne-Marie, unos amigos belgas que viven en Tokyo desde hace unos meses. El templo es muy bonito. Está erigido en honor del Emperador Meiji (el mismo por el cual se suicidó el general Nogi, del que hablé en el post anterior) y su consorte la Emperatriz Shoken. Se llega por un paseo muy agradable. En el medio hay un sitio donde tienen un montón de barriles de sake decorados, que son ofrecidos cada año por la asociación de productores de sake en honor del Emperador. El templo es sintoísta, que es la religión nativa de Japón. Es una religión muy diferente a la nuestra. No hay doctrina ni dogmas, sólo algunas tradiciones muy arraigadas. Se veneran a dioses (personas o cosas como el Monte Fuji) y almas que se consideran extraordinarias (como el Emperador Meiji) en templos como este.

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En el templo tuvimos la suerte de ver varias bodas, me imagino porque era sábado. Se pasean por el templo de forma muy solemne. Nos llamó la atención el posado para la foto de una de las bodas, en el que sostenían la imagen de la que probablemente era la abuela fallecida de uno de los novios. Las novias apenas podían andar a un paso normal, de la cantidad de ropa que llevan. Tienen todo una cohorte de asistentes que a cada momento se aseguran que el vestido está en su sitio.

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En el templo, los japoneses se ponen en filas ordenadas para llegar hasta la puerta. En realidad no llegan a entrar al templo, sino que se quedan en la puerta donde hay un sitio para tirar unas monedas, hacen unos segundos de oración, dan una palmada para espantar a los malos espíritus, y listo. En realidad cada uno hace lo que le parece, pero eso es lo que vi que es más frecuente.

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Estaba ya atardeciendo y los cuervos de Tokyo sobrevolaban el templo. Hay muchísimos y son enormes. Empezaba a hacer más frío por lo que nos hicimos una foto con Christophe, Anne-Marie, Lucie, Emilie y Mathieu y nos marchamos. A Valentin lo veríamos en su casa, donde nos ofrecieron una cena estupenda (¡con speculoos y Dame Blanche incluidos!) y pasamos una tarde fantástica. Christophe nos contó muchas cosas de Japón y nos impresionó de nuevo con su español perfecto.

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El día siguiente, domingo, nos lo tomamos de nuevo con calma. Un poco de estudio, un poco de preparación del viaje y salimos hacia mediodía. Nos fuimos a Asakusa, uno de los barrios típicos de Tokyo que nos quedaba por ver. Hay un templo muy importante y un par de calles de tiendas muy típicas. Lo primero que te sorprende son unos tipos vestidos como de samurais, con zapatos que separan el dedo gordo, que te llevan en unos carros tirados por ellos mismos. Van literalmente corriendo. Aparentemente es un modo de transporte tradicional, pero lo encontré de lo más cansado.

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Entramos a comer en un sitio con buena pinta. Comimos un típico set japonés de sopa, un arroz con tempura, carne o pescado, unos escabeches japoneses (no puedo con ellos) y un aperitivo. De nuevo muy rico y muy económico.

Muy cerca de Asakusa hay una calle que es conocida por las tiendas de cuchillos y todo tipo de enseres de cocina. Allá nos fuimos y estuvo de lo más entretenido. De camino vimos este lío de cables, muy típico asiático, y que sorprende en Japón, donde todo es tan ordenado.

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El primer sitio al que fuimos fue una tienda de cuchillos que era una maravilla. Tienen todo tipo de cuchillos de todas las aleaciones y formas. El señor, muy amable, se esforzaba para explicarnos en inglés los usos de los diferentes cuchillos y las ventajas e inconvenientes de cada una de las aleaciones. Compramos unos cuchillos y te ofrecen si quieres grabar las iniciales. Me dijo que las letras del alfabeto son muy difíciles de grabar y que las estampan.

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Desde Asakusa ves muy cerca la torre de comunicaciones Sky Tree que se inauguró en 2011 y que es la más alta del mundo con 634 metros. Impresionante. Decidimos ir hasta allí para subir, y luego volver al templo de Asakusa que ponía en la guía que es muy bonito en el atardecer. El caso es que no calculamos que era domingo y lo que parecían millones de japoneses habían tenido la misma idea. La torre desde abajo es impresionante. Como nos daban hora para subir ya de noche, y decidimos que volveríamos otro día.

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Nos volvimos a Asakusa y las calles para llegar al templo están de lo más animadas. Decoradas con lámparas de papel, están llenas de tiendecitas tradicionales de lo más curiosas. De lo más pintoresco. El templo está al final de la calle y al lado hay una pagoda de cinco plantas muy bonita. En la puerta cuelgan dos zapatillas de esparto enormes (cada una pesa 2500 kg) para ahuyentar los malos espíritus, que al parecer se espantan al ver el tamaño del pie del dios que vive ahí.

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Una tienda de peinetas japonesas.

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Y las botas samurai.

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Delante de los templos hay un sitio donde puedes pedir deseos a los dioses. Lo primero que haces es depositar una moneda. Luego coges unos barriles pequeños de metal, los agitas y extraes un palito con lo que al parecer es un número (con esto nos ayudó una amable japonesa). Delante de ti hay un montón de cajoncitos con números. Abres el que te ha tocado y coges el papelito que te explica tu buena o mala suerte (menos mal con resumen en inglés). Los niños lo hicieron con resultados dispares. En todo caso no hay problema porque si no te gusta lo que te ha tocado, atas el papelito a unos alambres que hay allí, y los malos augurios se los lleva el viento. Me pareció muy práctico.

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Por lo demás en el templo las consabidas colas que habíamos visto en Meiji, la oración, la palmada al aire, etc. El sitio la verdad es que es muy bonito. Al igual que Meiji, lo tuvieron que restaurar entero después de los bombardeos americanos en la guerra mundial.

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Volvimos por la misma calle de tiendas, ya de noche. Hay varias tiendas de dulces tradicionales japoneses. Yo creo que esto o naces aquí o es difícil que te guste. Compramos unos que parecían apetecibles, y resultaron estar rellenos de una pasta de judía roja que por el aspecto parece chocolate. El parecido se queda ahí. La elaboración era muy vistosa y tenían formas simpáticas de pajarito, torre… Los hacía un tipo sentado en una silla alta pero como si estuviera sentado en el suelo. Es curioso que en toda Asia se sientan en el suelo, descansan durante horas en cuclillas, posiciones que a nosotros nos cortan el riego sanguíneo en cuestión de minutos. Lo que es la costumbre.

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A la mañana siguiente, antes de marcharnos a Kyoto, teníamos previsto ir al mercado de pescado de Tsukiji. Es uno de los sitios que no hay que perderse en Tokyo. Hasta hace un par de años la entrada era bastante libre. Ahora lo han organizado porque la afluencia de turistas era tal que entorpecía el trabajo normal del mercado. Ahora el mercado mayorista lo abren al público las 9 de la mañana, cuando aún hay bastante actividad pero ya está decayendo (“está todo el pescado vendido”). Antes de eso, para los más motivados, puedes ir antes de las 5 de la mañana y si tienes suerte puedes ver la subasta de atún, que es uno de los momentos estrella en el mercado, y que está limitado a 120 personas al día. Mónica y yo estuvimos dudando hasta el último minuto si darnos el madrugón o no, sobre todo porque no hay modo de reservarlo y no tienes asegurado si lo vas a ver o no. Además, después de la subasta no tienes mucho que hacer hasta las 9 de la mañana, salvo darte una vuelta por los alrededores del mercado e ir a desayunar sushi, que es lo típico.

Al final decidimos ir a ver la subasta de atún. Pusimos el despertador a las 4:15 para salir a las 4:30 así como los bomberos. Pasó una cosa curiosa. A las 3:42 yo me desperté y fui al baño. Si me levanto Mónica normalmente se despierta. Cuando volví del baño Mónica me dijo si no había sentido el temblor de tierra. La verdad es que yo no sentí nada porque en ese preciso momento debía estar andando por la habitación, pero Mónica en la cama sí que lo notó. Lo buscó en Internet y efectivamente había habido un temblor cerca de Tokyo de magnitud 4,9. A los tres minutos, a las 3:45 h, estaba publicado en la página web del servicio meteorológico de Japón. Días más tarde sentiríamos otros 2 temblores, estos sí de día y los sentimos toda la familia. Aquí debe ser de lo más normal. Para el turista es de lo más inquietante.

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Volviendo al tema del mercado, cogimos un taxi (a estas horas no hay metro) y llegamos a las 4:45 h. Llegamos a la puerta del mercado donde te dan los permisos para ver la subasta. Nos habían dicho que empezaban a dar los números a las 5. Hacía mucho frío. Había una garita y un pequeña cola de unas 5 personas. Pensamos que éramos de los primeros. Hay dos turnos, uno de 60 personas a las 5:25 y otro de otras 60 personas a las 5:50. A los pocos minutos llegaron unas pocas personas más que se pusieron a la cola. Vino uno de la organización y nos dio un plano del mercado con unos números escritos a bolígrafo en una esquina, el 52 y 53. Luego el tipo salió con un cartel como con una señal de prohibido el paso, le dio largas a unos que llegaban en ese momento y nos hizo pasar a una sala. Entonces vimos que en realidad éramos de los últimos en llegar, que éramos el 52 y 53 del segundo turno. En la sala había ya un montón de gente esperando. Nos repartieron unos petos de colores y allí esperamos 50 minutos hasta que nos tocó el turno. Después entras en el mercado que es una locura de actividad, carritos a toda velocidad por todas partes, mucha gente, mucho pescado, sobre todo grandes atunes en la zona por la que entramos, camiones, motos, gente y más gente. Y llegamos al sitio donde era la subasta. Un montón de atunes congelados en el suelo y unas cajas con unas muestras de filetes de atún encima. La gente allí inspeccionando la calidad del material como detectives, con linternas, tomando notas. Los atunes enteros están cortados por la cola. Los potenciales compradores arrancan un pedacito con un gancho de metal que llevan y lo descongelan entre los dedos, me imagino que comprobando la textura. Luego un tipo con una campana se sube a una banqueta y empieza a tocar durante un minuto. Empieza la subasta y básicamente te das cuenta que todas las subastas de pescado son parecidas. Esta es en japonés, con lo que no te enteras de nada, pero el tema es parecido si lo ves en el Muro en Coruña o en Corme, tampoco te enteras de nada, hay códigos establecidos con gestos, señales, etc que para los ajenos al asunto son indescifrables. Pero es muy entretenido y se te pasa el tiempo volando (aunque también es cierto que el tiempo que estás allí no es mucho).

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Salimos de la subasta y eran las 6:15 de la mañana. Ya teníamos claro que no nos quedábamos hasta las 9, que ya volveríamos otro día con los niños, que les gustaría también ver el mercado. Pero nos dimos una vuelta por los alrededores, que está muy animado a estas horas. Hay muchos puestos de pescado y verduras, con unas cosas rarísimas, y otras menos raras. Hay muchísimo pescado seco.

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Esto es el wasabi (gracias Cristina), el rábano picante de color verde que te ponen con el sushi. La planta se raya con unos rayadores especiales.

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Lo típico a estas horas es desayunar sushi en uno de los pequeños restaurantes que hay en el mercado. Algunos son famosísimos, especialmente uno, y hay colas interminables. Hacía mucho frío y nosotros entramos en uno que estaba muy animado pero tenía sitio en la barra. Nos sentamos y pedimos sushi de atún, cuatro tipos, y nos encantó, riquísimo.

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Después de esto nos cogimos el metro y volvimos al hotel. En el metro, una escena muy japonesa. Los japoneses se duermen muchísimo en el metro y parece que nunca se pasan de estación. Y la cosa es que se te duermen encima.

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Al llegar al hotel los niños ya estaban medio despiertos. Mónica y yo nos echamos una pequeña siesta antes de bajar a desayunar. Después hicimos las maletas y nos fuimos a la estación para coger el tren a Kyoto.

Jorge

 






 Posted by at 09:04

  4 Responses to “De vuelta en Tokyo”

  1. Mucho os gusta el momento mac cain, es un clásico en vuestros viajes. jajajaja. Que alegría saber de vosotros, aunque yo ya sé como termina la película estaba deseando recibir los post que faltan. Esperamos con impaciencia los siguientes. Disfrutar mucho en Tanzania.
    Besos

  2. Ya os queda poco para terminar la vuelta. Os vendrá bien un descanso después de tanto ajetreo. Un abrazo de,
    Cotono

  3. Que arte tenéis! Vaya madrugón q os disteis para ir a la subasta de atun y aun así llegasteis de los últimos……no comments. Bueno me han dado ganas de hacer alguna cola, voy a ver si encuentro alguna por aquí……Besos y si vuestro itinerario no ha cambiado supongo q estaréis apurando vuestros ultimos días en África, suerte y feliz vuelta, snif.

  4. !como me gustan vuestros posts!!! me da mucha envidia todo el sushi que os habéis comido.

    Besiños

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