Nov 062012
 

Al principio de la preparación del viaje la Isla de Pascua no estaba en nuestros planes. Pensábamos que irse tan lejos para ver las estatuas de piedra que salen en todas las fotos no merecía la pena. Fue sólo cuando empezamos a mirar los billetes de avión que nos enteramos de que una posibilidad de volar entre Sudamérica y Oceanía era parando en la Isla y después en Polinesia, y nos pareció interesante. ¡Menos mal que no nos lo perdimos!

La Isla de Pascua (o Rapa Nui como le llaman los de aquí) es uno de los sitios habitados más aislados del planeta. El territorio habitado más cercano está a 2000 km y son las islas Pitcairn, que debe haber cuatro gatos. El continente americano está a 3700 km de distancia. El vuelo tarda 6 horas desde Santiago. A la Polinesia Francesa, que es lo más cercano a la civilización que hay hacia el oeste se tardan también 6 horas.

La historia de la Isla está marcada por su aislamiento geográfico. Hasta hace muy pocas décadas no ha habido estudios serios sobre la historia de la Isla y sobre sus famosas estatuas llamadas moais. Me acuerdo que hace unos años, cuando estaba de moda el tema de los ovnis, la Isla de Pascua era pasto perfecto para los ufólogos y demás especuladores, que rápidamente concluían que tenía que haber algún ovni o ser extraterrestre que transportase los moais hasta sus plataformas. Lo que han concluido los arqueólogos, sin embargo, es bastante más rudimentario.

La Isla es de origen volcánico y tiene forma triangular, con un volcán en cada esquina del triángulo. El lado más largo mide sólo 24 km, en un coche te lo recorres enseguida.

Estuvimos 3 noches y nos dio para mucho, prácticamente para todo. Nuestro vuelo llegó a medio día y el dueño de las cabañas donde nos quedamos nos recibió en el aeropuerto con collares de flores.

Christophe es un francés que lleva viviendo aquí casi 20 años. Vino de vacaciones mientras hacía el servicio militar en Tahiti, le gustó, volvió, y a la tercera vez se quedó. Habla a toda velocidad y es de lo más atento y simpático. En su furgoneta nos dio una vuelta por la capital, Hanga Roa, que es el único pueblo que hay porque es el único sitio donde hay electricidad y agua potable. En diez minutos lo habíamos visto todo. Sólo viven 5000 habitantes en la isla. La isla, el pueblo, la gente, el ambiente es totalmente polinésico.

Veníamos con ganas de sol y playa por lo que dejamos nuestras cosas en la cabaña y nos fuimos directamente a la mejor playa de la isla, Anakena, que está a 16 km. Estaba nublado pero hacía una temperatura fantástica, dentro y fuera del agua. Allí vimos los primeros moais de cerca. Así en directo son muy bonitos. La playa también es muy bonita. Tiene un campo de palmeras, después la plataforma de los moais y detrás el arenal. Desde la playa a la derecha ves un velero varado en la hierba que no supimos de donde salió. Quizá ese sí que lo puso ahí un extraterrestre.

Nos llamaron la atención también la cantidad de caballos sueltos que había por allí. Los ves por todas partes. Resulta que en la isla hay más caballos que personas. Y no se usan para nada, sólo unos pocos se montan, no se usan para carne ni nada. Simplemente viven allí. Eso sí, todos tienen propietario, de hecho ves a muchos marcados.

Aquí Carmen, como veis muy influenciada por el ambiente polinésico.

Cenamos un pescado local muy rico en un sitio viendo la puesta de sol, con las olas pegando fuerte en la costa.

La mañana siguiente la utilizamos para descansar y confirmar en las oficinas de Lan nuestros siguientes vuelos. Aquí el rollo va a ritmo polinésico, o sea que nos pasamos casi un par de horas allí.

Detrás de las cabañas empezaba el sendero que subía a uno de los volcanes. Nos habíamos quedado con ganas de la caminata en Torres del Paine, por lo que allá nos fuimos. Subimos en una hora y media, parándonos de vez en cuando a descansar y ver las vistas de la isla que son muy bonitas. Una vez arriba llegas al borde del cráter y caminas un rato más bordeándolo hasta llegar a la oficina de Conaf donde te sellan los tickets del Parque Nacional. El cráter es espectacular. Tiene un humedal en su interior (según Carmen agua y hierbas) y uno de los lados está erosionado por el mar. Allí muy cerca de esta parte es donde están los restos arqueológicos que se llaman Orongo. Aquí no hay moais. Bueno, había sólo uno pero está en el museo Británico (un clásico). Orongo es el centro del culto del hombre-pájaro que surgió después de una fase muy conflictiva en la Isla y que terminó con el abandono de la elaboración y culto a los moais. Pero esto lo cuento un poco más abajo. Básicamente hay casas reconstruidas y petroglifos, además de unas vistas muy bonitas sobre unos islotes de piedra (o motus, como se llaman aquí).

Cuando estábamos allá arriba vimos como llegaba la lluvia desde el océano. Hicimos prácticamente toda la bajada con una ligera lluvia, pero en 45 minutos estábamos en la cabaña.

Era sábado y nos habían recomendado ir a ver un espectáculo de música y danza de la isla. Cenamos en un sitio de un belga al lado de la sala. Los platos tenían más influencia local pero de postre tomamos ¡mousse de chocolate, dame blanche y creme brulée! Todo buenísimo. El espectáculo duró 1 hora y la verdad es que nos gustó. Muy pintoresco. Ya lo veis en la foto.

Nos habían dicho que la misa pascuense era digna de ver y por eso el domingo madrugamos para estar algo antes de las 9 en la iglesia de Hanga Roa. José y Yago no quisieron venir, o sea que allí nos fuimos Mónica, Carmen y yo. La verdad es que la misa es muy entretenida, cantan todo el rato en rapanui, algunas mujeres van con flores en la cabeza, incluso el cura lleva un collar de flores. En la iglesia hay unas tallas curiosas, en las que como ocurría en Cuzco con las pinturas, sobre la base católica se añaden motivos locales. Por ejemplo la virgen tiene un pájaro en la cabeza.

Después de misa volvimos a la cabaña, desayunamos y nos fuimos al museo de Hanga Roa. Es un museo pequeño pero que está muy bien. Lleva el nombre de un cura alemán que vino a la Isla de Pascua e hizo muchas investigaciones sobre la historia y la cultura Rapanui. Hay muchas cosas curiosas, como por ejemplo reproducciones de tablillas en la escritura que tenían, llamada rongo rongo. Es una escritura jeroglífica que aún no se ha podido descifrar. Una cosa curiosa es que escribían en cada línea en una dirección y sentido diferente, con lo cual para leer había que mover la tablilla continuamente de arriba abajo. Si os fijáis los mismos signos en cada línea se ven hacia arriba o hacia abajo. Menudo lío. También está expuesto el ojo de moai que se encontró en los años 70, en la playa en la que habíamos estado el día anterior. A partir de este hallazgo los arqueólogos suponen que los moais tenían ojos de coral blanco y piedra roja para la pupila. Hay un moai en Hanga Roa que tiene los ojos puestos.

Entre los siglos IV y VIII d.C. llegaron los primeros pobladores a la isla, venidos de las islas polinésicas. Es asombroso como pudieron encontrar la isla navegando en las embarcaciones que tenían. Parece ser que era práctica común entre los polinésicos el buscar otra isla para vivir cuando los recursos se iban agotando o la población crecía. Pero estos que llegaron aquí recorrieron más de 2000 km. Poco después de instalarse empezaron a producir moais. Se cree que eran figuras que representaban a los ancestros fallecidos y se ponían mirando hacia el pueblo para protegerlo. Las distintas familias o tribus se dividían la isla como si fuera una tarta. En las partes interiores se localizaban los pueblos y en la costa las zonas de culto. Los moais están la mayoría cerca de la costa mirando hacia el interior. La producción de moais se extendió más o menos hasta el siglo XVI o XVIII. Entonces la población de la isla se había disparado. Habían talado el bosque de palmas que cubría prácticamente toda la superficie de la isla. Los recursos empezaban a escasear y se cree que esto fue lo que desencadenó un conflicto interno entre las distintas tribus que se extendió durante muchos años. Es en esta época cuando llegan los primeros europeos a la isla. El primero fue un navegante holandés llamado Roggeven que llegó el domingo de Pascua de 1722. Por eso le llamó la Isla de Pascua.  No se quedó mucho tiempo, pero el suficiente para ver los moais y contarlo. Los siguientes visitantes europeos no llegaron hasta 50 años después. Estos ya mencionaron las peleas que tenían y que los moais estaban siendo derribados de sus plataformas. Los últimos europeos que vieron un moai en pie fueron los de una expedición francesa de 1838. Desde entonces los moais estaban todos tirados por el suelo y las plataformas (llamadas ahus) se deterioraron mucho. Se empezaron a restaurar y a poner en pie en la década de 1950, mediante el esfuerzo de un pequeño grupo de arqueólogos.

Parece ser que de la época de luchas internas surgió un nuevo orden en el que se desarrolló el culto del hombre-pájaro. Consistía en que una vez al año cada tribu designaba a una persona que iba a representar a su jefe en la competición que consistía en ser el primero en traer a la isla un huevo de manutara, un ave migratoria que en primavera venía al islote de piedra enfrente de Orongo a poner sus huevos (hace décadas que ya no viene). Los representantes de todos los jefes tenían que descender el acantilado, ir nadando hasta el islote y allí esperar durante días o semanas la llegada de las aves, coger un huevo, volver con él por el mismo camino y llegar con él intacto a Orongo. El primero que llegaba era designado “hombre-pájaro” y vivía durante el año siguiente en Orongo con los sacerdotes. El jefe al que representaba era designado como jefe supremo de todos las tribus durante ese año. La última vez que se hizo esta competición fue en la década de 1870.

En la cabaña tuvimos la oportunidad de ver la película Rapa Nui, que produjo Kevin Costner en 1993. El rodaje duró 6 meses y revolucionó la isla. Costó 20 millones de dólares e inyectó mucho dinero. La gente participó como extra. Fue un rotundo fracaso de taquilla. La verdad es que la película es una cursilada malísima y está llena de aberraciones históricas, pero sale la isla y se reproduce la competición del hombre-pájaro y el tallado y transporte de los moais y cuando estás allí te hace gracia verla.

En el siglo XIX Francia e Inglaterra hicieron varios intentos de apropiarse de la Isla, nunca demasiado contundentes, ya que el interés económico no era muy grande. Me imagino que nadie se quería quedar a cuidar la bandera. En esta época ocurrió un hecho que marcó profundamente a la isla. En la década de 1860 esclavistas peruanos llegaron a la isla y se llevaron a las explotaciones de guano a alrededor de 1000 personas, prácticamente todo la población en edad de trabajar. Entre ellos se llevaron a los llamados “maorís” que eran los que conocían la escritura rongo rongo y eran la fuente principal de la tradición oral de la isla. La mayoría de estos habitantes nunca volvieron a la isla. Es por esto que todos los rapanuis actuales pertenecen a sólo 36 familias originales. En la década de 1870 Chile llegó a un acuerdo con los habitantes de la Isla. Este acuerdo es bastante polémico porque parece ser que los isleños no cedieron soberanía ni propiedad de las tierras, pero el caso es que los chilenos plantaron allí su bandera y hasta hoy. En los últimos años del siglo XIX el Gobierno Chileno cedió la isla a una compañía que la dedicó a la explotación ganadera. La empresa fundó una compañía que se llamó “Compañía para la Explotación de la Isla de Pascua” (por lo menos la declaración de intenciones era clara), valló toda la isla y la llenó de ovejas. La verdad es que supongo que la maniobra era más estratégica, para asegurarse la soberanía de la isla, que económica, porque no creo que criar ovejas a esta distancia del continente sea rentable, más aún habiendo visto las extensísimas haciendas patagónicas. Al vallar la isla la empresa recluyó a los habitantes prácticamente a la capital Hanga Roa. Durante décadas los rapanuis no eran libres de circular por la isla. Tampoco podían salir libremente de la isla, ni tenían derechos como ciudadanos chilenos. Esta situación duró hasta la década de 1960, cuando la explotación de ganado en la isla se abandonó y a los habitantes se les dio la ciudadanía chilena. No les debió quedar muy buen recuerdo de las ovejas porque no ves una en toda la isla. En la tele del vuelo de Lan hacia la isla me puse un documental de una hora que me gustó mucho. Era a base de testimonios de isleños, de todas las edades. Me llamó la atención la historia de un hombre que se dedica a hacer tallas de madera. Cuenta que iba con su abuela y mucha gente más a donde ahora está el aeropuerto a limpiar el campo de piedras. Él no entendía muy bien para qué hacían eso. Hasta que un día llegó un avión a aterrizar y él se asustó muchísimo porque nunca había escuchado un ruido semejante. En la isla no había automóviles ni ningún tipo de motor. Salió corriendo hacia su casa y se metió debajo de la cama de su padre.

El día siguiente amaneció muy bueno y lo dedicamos a ver el resto de la isla que nos quedaba. Empezamos por Ahu Akivi, una plataforma de 7 moais que está en el interior de la isla que fue la primera que fue restaurada por un grupo de arqueólogos de manera científica. Se ve cómo algunas de las figuras están reconstruidas porque se rompieron cuando las derribaron. El sitio es precioso. La verdad es que las figuras tienen mucho encanto. Cuanto más las ves más te gustan.

Aquí Carmen haciendo de moai.

Continuamos hacia la costa oeste de la isla por un camino de tierra. No vimos prácticamente a nadie pero nos habían dicho que había unas cuevas que merecía la pena visitar. Antes nos paramos en un ahu que no está restaurado. También es muy interesante de ver, con los moais tirados. Normalmente los derribaban hacia delante, se caían de narices, para que no “viesen” y ya no pudiesen proteger al pueblo. Viéndolos tirados, como estaban todos hasta hace pocas décadas, te imaginas el lío que se montó.

En el camino muchas vacas y caballos sueltos. Llegamos a donde parecía que deberían estar las cuevas. No está indicado pero es relativamente fácil de encontrar. La entrada a la cueva te puede pasar desapercibida, es un montón de piedras y un agujero que apenas entra una persona, con piedras que hacen como de escalera natural. Una vez abajo tienes unos pocos metros totalmente en la oscuridad donde hay que caminar agachado y luego la cueva se abre y puedes ver luz. La cueva termina con dos salidas en el acantilado encima del mar. Es un antiguo túnel de lava. Es realmente espectacular ver el mar desde allí, las olas batiendo fuerte allá abajo.

Al salir de la cueva nos quedamos a comer allí al borde del acantilado rodeados de caballos.

Seguimos camino esta vez hacia el norte, pasamos cerca de la playa donde habíamos estado el primer día y llegamos a Ahu Te Paro, donde yace roto en el suelo el moai más grande que estuvo en pie, de 13 metros. El tocado de piedra roja está tirado al lado y mide más de 2 metros. Es el último moai que vio levantado un occidental, durante la expedición francesa de 1838.

Al lado hay una piedra esférica, de algo menos de un metro de diámetro, que centra el interés del turismo esotérico de la isla. Al parecer concentra energías vitales. La verdad es que le daba el sol y estaba muy caliente, como para cocinar un huevo encima, pero yo diría que no es más que producto de su composición. Tiene mucha ferrita y hace que las brújulas pierdan el norte. Le han puesto unas piedras más pequeñas alrededor y te puedes sentar y sentir las buenas vibraciones…

Después seguimos hacia Ahu Tongariki en la costa este, probablemente la plataforma de moais más espectacular de todas, con 15 moais. Se restauró en 1996 con ayuda de fondos del Gobierno japonés y una empresa japonesa de construcción de donó la grúa con la que se colocaron los moais. Éstos estaban bastante lejos de la plataforma porque en 1960 hubo un terremoto enorme cerca de la costa de Chile a la altura de Valdivia, un poco al norte de Chiloé, el más grande jamás registrado con 9,5 grados en la escala de Richter, y generó un tsunami que impactó en la Isla de Pascua por este lado. La ola arrastró a los moais unos centenares de metros. El sitio es realmente impresionante, precioso. Las vistas del océano y los acantilados detrás ayuda.

En la entrada hay un pequeño moai que le llaman el viajero porque lo llevaron a unas exposiciones a Tokyo y Osaka, en plan agradecimiento por la colaboración japonesa.

Muy cerca se encuentra el volcán de Ranu Ranukao, la cantera de los moais, pero ya era bastante tarde o sea que decidimos dejarlo para la mañana siguiente, que desgraciadamente amaneció con el tiempo bastante malo. De todas formas allá nos fuimos y la verdad es que lo disfrutamos mucho, es probablemente el sitio más interesante de toda la isla. Si los amantes de la ufología se hubiesen pasado por aquí enseguida se hubiesen dado cuenta de que a los moais no los trajo ningún extraterrestre, los labraron en la roca volcánica en las laderas de este volcán. Hay cerca de 400 moais de todos los tamaños en todas las fases de elaboración. Es tal cual como si de repente hubiesen decidido dejar el trabajo y se hubiesen largado. Hay moais gigantescos, de hasta 20 metros. Cada vez querían hacerlos más grandes. El sitio es increíble, con unas vistas preciosas del mar y de los 15 moais de Ahu Tongariki.

Los moais están labrados en toba volcánica, una piedra bastante blanda. Los tallaban con piedras más duras (en la isla no conocían los metales). Empezaban directamente en la ladera esculpiendo la parte delantera. Después vaciaban la parte de atrás hasta separarlo de la roca para que el moai se desplazase hacia abajo de la ladera donde lo colocaban de pie en un agujero para terminar de esculpir la parte trasera. Después ya estaba listo para ser trasladado a su plataforma. Hay distintas teorías de cómo los desplazaban, si de pie, si acostados, pero lo que está claro es que lo hacían sólo con ayuda de sogas y maderas. Se han hecho pruebas y se ha conseguido hacer, pero el esfuerzo es increíble. En 1956, dirigido por un famoso arqueólogo noruego, se hizo una prueba para demostrar cómo levantaban los moais. Con sólo sogas, maderas y piedras consiguieron levantar un moai en 18 días. Un equipo experimentado podría hacerlo en menos tiempo. La técnica consiste en hacer palanca para ir levantando poco a poco la figura e ir metiendo piedras debajo. El moai que levantaron es uno que está sólo en la playa de Anakena, donde estuvimos el primer día.

Esto son dos moais enormes en las primeras fases de elaboración. El que está más cerca de José, de piedra más oscura, tiene la cara a la derecha, y más atrás en la roca está excavado otro con la cabeza a la izquierda.

Este tiene tallado en la barriga una goleta europea de las que se usaban en el siglo XVII.

Dentro del cráter del volcán también hay moais a medio hacer y hay un humedal. Muy bonito. Nos llovió un poco durante la visita pero la verdad es que nos encantó a todos. Una cosa que nos molestó un poco es que llegamos cuando estaban todos los tours turísticos. Parece ser que todos hacen lo mismo en el mismo horario, con lo que se concentra bastante gente al mismo tiempo. Hablamos con un guardaparques muy simpático que nos dijo que Conaf les había aconsejado sin éxito a las agencias que escalonasen sus visitas para hacerlo más agradable para todos.

Esta es desde el borde del cráter hacia afuera:

Teníamos previsto visitar un par de ahus más antes de volver a la cabaña para hacer las maletas, pero el tiempo empeoró mucho y sólo visitamos el que está en Hanga Roa, Ahu Tahai, que ya lo habíamos visto de pasada y es uno de los más bonitos. Allí hay un moai con ojos de coral, como debían ser originalmente. Las cuencas de los ojos era lo único que les tallaban “in situ”, en la plataforma. Se sabe porque hay moais que están repartidos por toda la isla que nunca llegaron a su plataforma, estaban de camino cuando decidieron dejar esta práctica, y ninguno tiene los ojos tallados.

De allí nos fuimos a terminar las maletas y para el aeropuerto, donde a las 11 de la noche cogíamos el vuelo para Polinesia. Un poquito de sol y playa ya nos apetecía.

¡Adiós América!

La Isla de Pascua nos encantó a todos. Es un lugar único con muchísimo encanto. Un poco como me pasó en Chiloé, le coges el gusto según la vas visitando.

Jorge






 Posted by at 22:50

  6 Responses to “Isla de Pascua”

  1. Hola….!! Lo que aprendo con vosotros!, super interesante la isla de Pascua y toda su historia. Jorge enhorabuena por las crònicas, son entretenidìsimas. Me lo paso “bomba” siguiendoos. Muchos besos para todos y a seguir con la Polinesia!
    Reyes

  2. No se quien es Reyes pero participo de lo que dice. Muy entretenidas las crónicas. Nos hacen conocer con detalle cosas impensables. Que sigáis bien. Un abrazo de,
    Cotono

  3. Que monos los monais. A partir de ahora os podéis dedicar profesionalmente a la edición de libros con imágenes, cada día redactais mejor y las fotos son bárbaras.
    besos

  4. Souvenirs souvenirs… merci de partager ces belles rencontres

  5. Todo un descubrimiento vuestro blog!!!!!!!!!. Cada día estoy más enganchada. Ya estoy deseando leer el siguiente “capitulo” de vuestro diario particular. Besos para todos.

  6. Hola super familia,

    Que maravilla , La Isla de Pascua, nos acordamos de vostros y a seguir.. disfrutandolo!
    gracias de nuevo por compartirlo con nosotros

    besos y cuidaros!

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